Junio suele ser el mes de las banderas, las marchas y las celebraciones. Es un tiempo en que la diversidad sexual ocupa espacios públicos que durante décadas estuvieron vedados. Sin embargo, detrás de las imágenes de orgullo y visibilidad existe una realidad mucho menos visible, pero profundamente reveladora de las desigualdades que aún persisten: la de las personas LGBT+ que mueren sin haber podido revelar su orientación sexual.
A primera vista, podría parecer una cuestión privada. Después de todo, cada persona tiene derecho a decidir qué aspectos de su vida comparte y cuáles conserva para sí. Pero cuando observamos el fenómeno con mayor atención, comprendemos que no estamos frente a una decisión individual aislada. Estamos frente a la consecuencia de una historia colectiva marcada por la discriminación, el miedo y la exclusión.
Miles de personas lesbianas, gays y bisexuales crecieron en sociedades donde la diversidad sexual era considerada una enfermedad, un delito o una vergüenza familiar. Aprendieron desde temprana edad que mostrar quiénes eran podía significar perder el trabajo, ser expulsados de sus hogares, sufrir violencia o quedar completamente aislados de sus comunidades. Para muchas de ellas, el silencio no fue una opción libre; fue una estrategia de supervivencia.
Quienes hoy tienen sesenta, setenta u ochenta años pertenecen a generaciones que vivieron gran parte de sus vidas bajo regímenes sociales profundamente hostiles hacia las disidencias sexuales. En Chile, hasta hace pocas décadas, la homosexualidad era objeto de persecución policial, condena moral y patologización médica. La epidemia del VIH y el Sida profundizó aún más el estigma, instalando nuevas formas de miedo y ocultamiento.
Por eso resulta simplista afirmar que quienes nunca hablaron de su orientación sexual simplemente “eligieron no hacerlo”. Muchas veces callaron porque el costo de hablar era demasiado alto. La tragedia es que ese silencio no siempre termina con la vida. En numerosos casos se prolonga incluso después de la muerte.
Existen historias de hombres gay que convivieron durante décadas con sus parejas, pero que en sus funerales fueron presentados como simples amigos. Mujeres lesbianas cuyos vínculos afectivos desaparecieron de los relatos familiares. Personas cuyos obituarios, homenajes y recuerdos públicos omitieron completamente una dimensión esencial de quienes fueron.
Es una forma de borramiento que ocurre cuando la memoria colectiva decide recordar solamente aquello que encaja dentro de los moldes tradicionales. La persona fallece, pero también desaparece parte de su historia.
Esta situación plantea preguntas incómodas para nuestra sociedad. ¿Qué significa una muerte digna? ¿Quién tiene derecho a contar la historia de una vida? ¿Puede hablarse realmente de igualdad cuando todavía existen personas que sienten que deben ocultar quiénes son hasta el final de sus días?
La respuesta no puede limitarse al ámbito privado. El problema tiene profundas implicancias públicas.
La ciudadanía no consiste únicamente en votar o acceder a servicios. También implica la posibilidad de ser reconocido plenamente por la comunidad de la que se forma parte. Cuando una persona siente que debe ocultar su orientación sexual para ser aceptada, su ciudadanía se encuentra limitada. Cuando esa invisibilidad continúa después de la muerte, estamos frente a una forma de exclusión que trasciende la existencia biológica y afecta la memoria social.
Por eso la pregunta por quienes mueren sin haber revelado su orientación sexual no constituye únicamente una cuestión íntima o familiar. Se trata de una interrogante sobre la calidad de nuestra democracia y sobre los límites reales de la inclusión que decimos promover.
Las sociedades democráticas no sólo deben garantizar derechos formales. También deben generar condiciones para que todas las personas puedan vivir y ser recordadas con dignidad. El reconocimiento no puede terminar en la puerta de un hospital, en una residencia de larga estadía o en un cementerio.
Hablar de estas historias es especialmente relevante en el Mes del Orgullo. Porque el orgullo no nació como una celebración vacía ni como una simple reivindicación identitaria. Surgió como una respuesta política frente al silencio impuesto. Surgió para afirmar que ninguna persona debería verse obligada a ocultar quién es para poder vivir en paz.
Hoy, cuando observamos los avances alcanzados en materia de derechos y reconocimiento, es importante recordar que aún existen generaciones completas que cargan con heridas producidas por décadas de exclusión. Muchas de ellas envejecen en soledad. Muchas siguen temiendo el rechazo. Algunas morirán sin que quienes las rodean conozcan una parte fundamental de sus vidas.
La verdadera inclusión no consiste únicamente en proteger a quienes hoy pueden vivir abiertamente su orientación sexual. También implica reconocer a quienes no tuvieron esa oportunidad. Porque toda vida merece ser vivida con dignidad. Pero también merece ser recordada con verdad. Y porque ninguna persona debería ser condenada a desaparecer dos veces: una cuando muere y otra cuando la sociedad decide borrar quién fue realmente.
COMUNICACIONES ACCIONGAY


