El próximo gobierno recibirá una deuda incómoda en materia de VIH. No porque no se haya hecho nada en estos años, sino porque lo que se hizo no fue suficiente para cerrar brechas que arrastramos hace más de una década. La respuesta al VIH en Chile sigue tensionada entre avances biomédicos de primer nivel y una política pública que muchas veces llega tarde, fragmentada o sin escuchar a quienes están en el territorio.
La próxima ministra de Salud tendrá que asumir esa realidad sin eufemismos. Si quiere mover la aguja de verdad, hay al menos tres frentes que no puede eludir:
- Participación comunitaria: no es un favor, es una condición de éxito
La respuesta al VIH nunca ha sido solo sanitaria. Ha sido, desde el inicio, una respuesta social y comunitaria. Las organizaciones que trabajan con personas que viven con VIH, con hombres gay y bisexuales, con personas trans, con migrantes y con trabajadoras sexuales no son un “actor más”: son quienes detectan brechas antes que el Estado, quienes sostienen la adherencia cuando el sistema falla y quienes llegan donde el consultorio no llega.
En los últimos años hemos visto mesas de trabajo, convocatorias y fotos institucionales. Pero la participación real sigue siendo débil: sin financiamiento estable, sin incidencia vinculante y muchas veces limitada a la consulta simbólica. Eso tiene que cambiar.
La próxima ministra debería dar una señal clara: institucionalizar la participación comunitaria en el diseño y evaluación de políticas de VIH. No como gesto político, sino como estrategia sanitaria. Cuando la comunidad participa en la definición de campañas, en la distribución de test rápidos o en la implementación de PrEP, los resultados mejoran. Es evidencia, no ideología.
Sin comunidad, no hay respuesta efectiva. Punto.
- Actualización de la guía clínica: la ciencia avanza, Chile no puede quedarse atrás
Chile ha tenido históricamente buen acceso a tratamiento antirretroviral. Eso es un activo que hay que reconocer. Pero la medicina del VIH cambió y el país no puede seguir operando con una mirada de hace diez años.
La actualización de la guía clínica es urgente. Y no se trata solo de ajustes técnicos: se trata de incorporar plenamente los tratamientos inyectables de acción prolongada, tanto para personas que viven con VIH como en el ámbito preventivo.
Los esquemas inyectables, ya aprobados y utilizados en varios países, reducen la carga diaria de pastillas, mejoran la adherencia y disminuyen el estigma asociado al tratamiento. Para muchas personas, especialmente quienes enfrentan situaciones de vulnerabilidad, violencia o precariedad habitacional, no depender de una toma diaria puede marcar la diferencia entre mantenerse indetectable o perder el control viral.
No es razonable que Chile, que se presenta como referente regional en salud pública, demore la incorporación de estas alternativas por inercia administrativa o temor presupuestario. La discusión no puede centrarse solo en cuánto cuesta incorporar nuevos tratamientos, sino en cuánto cuesta no hacerlo: fallas en adherencia, hospitalizaciones, nuevas transmisiones.
Actualizar la guía clínica no es un lujo. Es una obligación ética con quienes viven con VIH hoy y con quienes podrían adquirirlo mañana.
- Recursos para prevención: sin condones, sin test, sin campañas, no hay estrategia
El discurso de prevención en Chile es fuerte en el papel, pero débil en la práctica. En muchos territorios hay quiebres de stock de condones, falta de test rápidos o demoras en su reposición. Las campañas públicas aparecen de forma esporádica y con bajo impacto.
Eso no es un detalle menor. Es el corazón de la estrategia.
Si no hay condones disponibles en los consultorios, en los operativos territoriales y en espacios comunitarios, la prevención retrocede. Si el acceso al test rápido no es oportuno y masivo, el diagnóstico tardío seguirá siendo un problema. Si las campañas públicas no hablan el lenguaje de las poblaciones más expuestas, simplemente no conectan.
La próxima ministra tendrá que asegurar financiamiento estable y suficiente para estos insumos básicos. No se puede hablar de metas 95-95-95 mientras se ajusta el presupuesto de prevención cada año. La prevención no es el área donde se “ahorra”; es donde se invierte para evitar costos humanos y financieros mayores después.
Y aquí hay otro punto clave: las campañas deben ser claras, sin moralismos y sin miedo a nombrar a las poblaciones más afectadas. Invisibilizar no protege a nadie.
Una decisión política
La próxima ministra enfrentará muchas urgencias: listas de espera, crisis hospitalaria, salud mental. Pero el VIH no puede volver a quedar relegado a una política silenciosa, administrada sin liderazgo.
Superar las brechas heredadas implica tomar decisiones incómodas: abrir espacios reales a la comunidad, actualizar la guía clínica incorporando innovación terapéutica y garantizar recursos sólidos para prevención. No es una agenda ideológica, es una agenda sanitaria basada en evidencia y en derechos.
La pregunta no es si el país puede hacerlo. La pregunta es si habrá voluntad política para asumirlo. Porque en VIH, cuando el Estado duda, las personas pagan el costo. Y eso ya lo hemos visto antes.
COMUNICACIONES ACCIONGAY


