Hace veinte años, un diagnóstico de VIH en Chile significaba, para muchos hombres gay, entrar en una cruel lotería donde la vida misma era el premio. Antes de la implementación del GES y su Patología 18, los medicamentos antirretrovirales eran inalcanzables para la mayoría. Las listas de espera se alargaban, los recursos eran insuficientes y, literalmente, se sorteaba quién tendría derecho a vivir. Recuerdo a un hombre contándome cómo, a principios de la década de los 2000, acudía a las consultas con la angustia de saber que, si no era «elegido» en el sorteo mensual del programa de medicamentos, su calendario vital se acortaría drásticamente. Hoy, al cumplirse dos décadas de la incorporación del tratamiento gratuito del VIH al sistema GES, es momento de reconocer no solo un hito médico, sino una revolución ética y humanitaria.
La inclusión del VIH/SIDA en el GES en 2005 marcó un antes y un después en la historia de la salud pública chilena. Por primera vez, el Estado asumió la responsabilidad de garantizar el acceso universal a terapias antirretrovirales, independientemente de la capacidad de pago. Este no fue un simple cambio administrativo; fue una declaración de principios: la vida no es un privilegio, sino un derecho fundamental. Los resultados no se hicieron esperar. En los primeros diez años del programa, la mortalidad por Sida en Chile descendió en un 60%, salvando miles de vidas que antes se extinguían prematuramente. La transformación fue radical: el VIH dejó de ser una sentencia de muerte para convertirse en una condición crónica manejable.
Pero más allá de las estadísticas, el verdadero triunfo del GES en VIH radica en el cambio de paradigma. Antes, las personas viviendo con VIH eran estigmatizadas, marginadas y condenadas al silencio. El GES no solo proporcionó medicamentos; legitimó el derecho a la salud de una población históricamente invisible. Por primera vez, el Estado reconoció que la orientación sexual no podía ser un obstáculo para acceder a tratamientos vitales. La Patología 18 fue más que una política de salud: fue un acto de justicia social que devolvió la dignidad a quienes la sociedad había abandonado.
Hoy, sin embargo, debemos mirar hacia el futuro con la misma determinación con la que miramos al pasado. Si bien el GES ha sido un éxito indiscutible, el avance científico no se detiene, y Chile corre el riesgo de quedarse atrás. La guía clínica actual, vigente desde 2017, no incorpora los últimos avances terapéuticos, especialmente los esquemas inyectables de acción prolongada que representan una revolución en el tratamiento del VIH. Estos nuevos fármacos, administrados mensual o bimensualmente, eliminan la necesidad de tomar pastillas diarias, mejorando drásticamente la calidad de vida y la adherencia al tratamiento. En países como Estados Unidos y varios de Europa, estos esquemas ya son estándar de atención, mientras en Chile millones de personas continúan tomando medicación diaria por falta de actualización normativa.
La necesidad de actualizar la guía clínica no es un mero tecnicismo; es una cuestión de justicia. Imaginemos a una persona que, tras veinte años tomando pastillas todos los días, debe recordar constantemente su condición en cada comida, en cada viaje, en cada momento íntimo. Los tratamientos inyectables no solo simplifican la rutina; devuelven la discreción y reducen el estigma. Para una generación que creció con el miedo al diagnóstico, estos avances significan finalmente poder vivir sin que el VIH defina cada aspecto de su existencia.
Pero el desafío va más allá de los medicamentos. A pesar de los avances, persisten brechas en la prevención, el diagnóstico temprano y el abordaje integral que incluya salud mental y enfoque de género. Los hombres que tienen sexo con hombres, las personas trans y las poblaciones migrantes continúan enfrentando barreras en el acceso a la atención. El GES fue un primer paso crucial, pero no el último.
Al cumplirse estos veinte años, rendimos homenaje a quienes lucharon por este cambio, a quienes no alcanzaron a verlo, y a quienes hoy continúan trabajando por una atención en VIH que sea no solo efectiva, sino digna. El GES demostró que cuando la salud se convierte en un derecho y no en una lotería, las vidas se salvan y las sociedades se transforman. Ahora, renovemos ese compromiso: actualicemos las guías clínicas, incorporemos los tratamientos inyectables y sigamos avanzando hacia un sistema donde ninguna persona tenga que temer por su vida por el simple hecho de ser quien es. Porque después de todo, en la salud, no debería haber tómbolas: solo derechos garantizados.
COMUNICACIONES ACCIONGAY


