Este año, llegamos al Candlelight Memorial en un momento particularmente desafiante para quienes trabajamos y resistimos en la respuesta al VIH/SIDA. Vivimos en un mundo profundamente interconectado, pero también tensionado por desigualdades crecientes. La globalización avanza con fuerza, pero arrastra consigo un modelo centrado en lo inmediato, lo desechable, y lo individual, que muchas veces niega la complejidad de nuestras vidas, identidades y comunidades.
En América Latina, los desafíos se repiten: aumento de la intolerancia, debilitamiento de las políticas sociales, retrocesos en derechos conquistados con décadas de lucha. Las sociedades son cada vez más diversas, pero esa diversidad convive con el estigma, la discriminación y múltiples formas de exclusión que persisten, muchas veces reforzadas desde el mismo Estado.
Este 2025 conmemoramos en medio de un retroceso evidente en la respuesta pública al VIH. A nivel nacional y regional, hemos sido testigos de una preocupante reducción de los fondos destinados a la prevención, el testeo y el acompañamiento comunitario. Recursos que no llegaron por caridad, sino como resultado de la organización de las personas que viven con VIH, de las organizaciones sociales, y de quienes han defendido —con cuerpo, voz y memoria— el derecho a una vida digna y libre de estigma.
Resulta doloroso constatar que, pese a las expectativas depositadas en este gobierno, no ha existido un real compromiso con las comunidades ni una voluntad de diálogo genuino con quienes llevan décadas construyendo desde los territorios. Las mesas de articulación han desaparecido, las instancias de consulta han sido nulas y las decisiones técnicas han ignorado la experiencia acumulada de quienes estamos en la primera línea de la prevención y el cuidado.
Una señal especialmente grave fue la exclusión del VIH como prioridad en la última actualización del GES. Esto dejó fuera tratamientos innovadores como las terapias inyectables de acción prolongada, que podrían cambiar radicalmente la adherencia al tratamiento y mejorar la calidad de vida de muchas personas. Esta omisión, carente de transparencia y sin participación de la sociedad civil, es un retroceso ético y sanitario.
A ello se suma el desabastecimiento persistente de insumos básicos como test rápidos, preservativos y lubricantes. Esta falta de insumos pone en riesgo los avances logrados y limita drásticamente la capacidad de prevenir nuevas transmisiones, afectando sobre todo a los sectores históricamente más vulnerados: jóvenes, migrantes, personas trans, y hombres que tienen sexo con hombres.
Frente a este escenario, reafirmamos que el VIH/SIDA no es solo un problema biomédico: es un problema político, social y estructural. Las desigualdades, las políticas punitivas, la violencia institucional y el silencio cómplice siguen alimentando la epidemia.
Necesitamos con urgencia un liderazgo comprometido con el enfoque de derechos humanos, que sitúe a las personas en el centro de las políticas públicas, y que entienda que no hay salud sin dignidad, ni prevención sin participación. La comunidad debe estar en el centro de la respuesta: ninguna estrategia será efectiva si se construye a espaldas de quienes más saben —porque han vivido, resistido y cuidado.
Hoy, como cada año, encendemos una vela. Lo hacemos por quienes ya no están, por quienes aún luchan, y por quienes vendrán. Lo hacemos para que la memoria no se pierda, para que la historia no se repita, y para que la vida —todas las vidas— siga siendo digna de ser vivida.
El Candlelight no es solo una ceremonia. Es un acto de amor y resistencia. Es un llamado a no dejar a nadie atrás. Y es, sobre todo, una promesa colectiva de que seguiremos exigiendo verdad, justicia y salud para todas las personas, sin excepción.
COMUNICACIONES ACCIONGAY


