La respuesta nacional al VIH en Chile ha transitado durante las últimas décadas por hitos significativos: la inclusión del VIH como patología GES (Garantías Explícitas en Salud), la descentralización progresiva de políticas públicas, la participación activa de la sociedad civil en instancias de cogestión y la implementación de estrategias innovadoras en prevención y tratamiento. Sin embargo, bajo la administración del presidente Gabriel Boric (2022-2025), el Programa Nacional de VIH/SIDA y su órgano rector, el Consejo Nacional para la Prevención y Control del Sida (CONASIDA), han retrocedido de forma alarmante en su capacidad de liderazgo, innovación y diálogo democrático. Lejos de profundizar los avances logrados, esta gestión ha sido marcada por la indiferencia institucional, el desfinanciamiento deliberado y la exclusión sistemática de las organizaciones de la sociedad civil, generando una crisis de confianza y eficacia que amenaza con desmantelar décadas de esfuerzo colectivo.
- Fin del diálogo y la cogestión: el silencio como política
Uno de los pilares históricos del CONASIDA fue su estructura plural y participativa, que permitía a las organizaciones comunitarias, especialmente aquellas que trabajan con poblaciones clave como hombres que tienen sexo con hombres (HSH), trabajadoras sexuales, personas trans y personas que usan drogas, incidir en la formulación e implementación de políticas públicas. Esta lógica de cogestión, no exenta de tensiones, pero funcional en la mayoría de las administraciones, se ha desmoronado bajo el actual gobierno. La ministra de Salud, Jimena Aguilera, ha mantenido una actitud de franca indiferencia hacia la sociedad civil: ha negado sistemáticamente espacios de diálogo, ha ignorado oficios formales enviados por la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados y ha desestimado las voces legítimas de quienes están en primera línea de la respuesta al VIH. Este silencio no es neutral: es una forma de violencia institucional que deslegitima el trabajo comunitario y rompe el contrato democrático que sustenta la respuesta efectiva a epidemias complejas.
- Liderazgo ausente en el Programa Nacional: estancamiento e inercia
La conducción del Departamento de Control y Prevención del VIH e ITS ha estado a cargo del Dr. Leonardo Chanqueo, cuyo desempeño ha estado marcado por una notable falta de visión estratégica. En un contexto global donde la innovación en prevención (como la PrEP, la PEP y nuevas formas de entrega de tratamientos) ha transformado radicalmente la epidemia, Chile ha permanecido estancado. No se han implementado estrategias para abordar fenómenos emergentes como el chemsex (uso de drogas recreativas en contextos sexuales), pese a su creciente incidencia en ciertos grupos. Tampoco se ha apoyado iniciativas comunitarias que ya estaban ofreciendo PrEP de forma autogestionada, ni se ha incorporado la PEP como una herramienta accesible en la red pública. Peor aún, no se han realizado estudios de prevalencia actualizados que permitan comprender con precisión la situación epidemiológica del país, lo que convierte toda política pública en un ejercicio de adivinación más que en una intervención basada en evidencia.
- Desfinanciamiento deliberado: el colapso de las respuestas regionales
Quizás uno de los golpes más duros ha sido el drástico recorte presupuestario a los proyectos regionales de prevención con poblaciones clave. Históricamente, estas iniciativas, aunque insuficientes, habían ido incrementando sus recursos año a año, en reconocimiento del rol insustituible de las organizaciones locales en la contención de la epidemia. Sin embargo, en 2025, el Ministerio de Salud (MINSAL) redujo en un 70% los fondos destinados a estos proyectos. El resultado ha sido devastador: organizaciones que operaban con mínimos recursos han tenido que cerrar líneas de trabajo, despedir equipos y reducir drásticamente su cobertura. Este no es un ajuste técnico: es una decisión política que prioriza la austeridad burocrática sobre la salud pública y la vida de las personas.
- Despriorización del VIH en el GES: una traición a la innovación terapéutica
Uno de los retrocesos más graves, y más simbólicos, ha sido la exclusión del VIH de la agenda de actualización de la canasta GES como «Patología 18». Esta decisión ha impedido la inclusión de tratamientos antirretrovirales modernos, más eficaces, con menores efectos adversos y, en muchos casos, más económicos a largo plazo. En particular, se ha postergado la incorporación de tratamientos inyectables de acción prolongada, que representan un avance revolucionario en adherencia y calidad de vida. Se estima que, bajo la lógica actual del MINSAL, estas terapias no estarán disponibles en el sistema público hasta el año 2030. Mientras tanto, otros países de la región ya las han implementado. Esta decisión no solo es clínicamente regresiva, sino que también revela una desconexión total con la ciencia contemporánea y con las demandas de las personas que viven con VIH.
- Abandono en la provisión de insumos y campañas ineficaces
La gestión también ha fallado en lo más básico: garantizar el acceso a insumos esenciales. Durante varios meses del año 2025, hubo desabastecimiento generalizado de test rápidos de VIH, de preservativos masculinos en centros de salud y centros comunitarios. A esto se suma la eliminación unilateral del condón interno (femenino), una herramienta clave para la autonomía sexual de las mujeres y personas trans. Paralelamente, los test rápidos de VIH han estado ausentes en muchas regiones, dificultando el diagnóstico temprano, un pilar fundamental de la estrategia “95-95-95” de ONUSIDA. Las campañas de prevención, por su parte, han sido débiles, de bajo alcance y sin evaluaciones rigurosas de impacto, lo que sugiere que se diseñaron más para cumplir con una formalidad burocrática que para generar un cambio real en conductas o conocimientos.
Conclusión: la agonía de un modelo participativo
La gestión del Programa Nacional de VIH/SIDA y del CONASIDA bajo el gobierno de Gabriel Boric representa un retroceso histórico en la respuesta chilena al VIH. Ha faltado voluntad política, sensibilidad social, competencia técnica y, sobre todo, fraternidad con quienes han sostenido esta lucha desde las trincheras comunitarias. La actitud de desconfianza, el ninguneo sistemático y la indiferencia ante las alertas de la sociedad civil han erosionado un modelo que, con todos sus defectos, funcionaba como un espacio de diálogo y acción conjunta.
Si esta tendencia continúa, es probable que el CONASIDA, una institución que alguna vez fue un referente regional, termine por desaparecer o convertirse en una cáscara vacía, un recordatorio de cómo las malas políticas públicas, hechas a espaldas de la ciudadanía, no solo fracasan, sino que causan daño real. La epidemia de VIH no espera: mientras el Estado chileno se dedica a ignorar, recortar y postergar, las personas siguen infectándose, muriendo y siendo discriminadas. Y eso, en democracia, es inaceptable.
COMUNICACIONES ACCIONGAY


